lunes, 31 de octubre de 2011

Alžbeta

La sangre es la vida 

No podía dejar de mirarla desde la otra punta de aquel minúsculo pub de mala muerte. Era alta y esbelta, una belleza juvenil embutida en un ajustado vestido negro. Tenía todo lo que ella deseaba y por eso la odiaba y la admiraba al mismo tiempo.
Sacó el pequeño espejo que siempre guardaba en su bolso y se miró concienzudamente. Ella no era especialmente bella. Parecía una flor marchita que había visto tiempos mejores, atrapada ahora en un prematuro invierno del que ya no saldría. Cada día sentía más grande el peso de los años que pasaban inexorables uno tras otro, guiándola hacia una vejez cada vez más cercana. Y se despreciaba por ello.

Su vida la había acostumbrado a ser el centro de atención, a que todos la admirasen, a que los hombres prácticamente hiciesen cola a la puerta de su dormitorio, a que las mujeres se empeñasen en copiar su look  como si pensaran que les quedaría igual de bien que a ella. Pero esa vida se había acabado hacía muchos años. Ahora sólo era una señora común y corriente, sin hijos, sin marido, sin nadie que se preocupara por ella, sin nadie que la quisiese. Sólo el orgullo la hacía levantarse cada mañana, pero también ese orgullo se deterioraba como una roca a merced de un río.

En ese instante la hermosa joven a la que tanto envidiaba salió del bar, y ella se apresuró a seguirla. Fuera llovía a cántaros y la chica no llevaba paraguas. Enfiló la calle caminando todo lo rápido que le permitían sus tacones de aguja de doce centímetros. Isabel no tardó en darle alcance y fingir que tropezaba accidentalmente con ella. La chica se desestabilizó y cayó al suelo, torciéndose el tobillo.

- Disculpa, perdóname, ¡qué patosa soy!- dijo Isabel adoptando su tono de voz más amable.
- No se preocupe. Con estos zancos y el suelo mojado... no me extraña que me cayera.

La chica intentó levantarse, pero enseguida se encogió profiriendo un grito ahogado de dolor.
- ¿El tobillo?
- Sí, señora.
- Llámame Isabel- odiaba que la llamasen "señora". Más que un tratamiento de cortesía, le parecía una forma sutil, y no por ello menos cruel, de llamarla vieja.
- De acuerdo, ¿le importaría ayudarme? Sola no podré...
- Por supuesto, cielo.
Isabel la ayudó a ponerse en pie. Se veía que el golpe había sido bastante serio; el pie estaba bastante hinchado y ella no podía andar.
- ¿Quieres que te suba a mi casa? Está aquí al lado y podrás secarte y llamar a tus padres para que te recojan.
- No, no quiero ser una molestia.
- Tonterías, por mi culpa estás así. Es lo menos que puedo hacer.
Isabel esbozó la sonrisa más encantadora que sabía poner, de esas que una aprende, con los años, a utilizar en las ocasiones más propicias para conseguir lo que desea, ya sea un amante pasajero, un puesto de trabajo o una copa gratuita en su bar favorito.

La chica cedió y se fue con Isabel hasta su casa, un elegante duplex con muebles del siglo XIX y una exquisita colección de alfombras persas de la mejor calidad. Isabel, a pesar de ser una mujer sola, era muy rica.
- ¿Quieres darte una ducha? Te sentará bien.
La chica se mostró reticente al principio, pero a Isabel no le costó convencerla para que se diera un baño rápido en el jacuzzi.
- Prepararé café mientras tanto- dijo.

La chica se fue hacia el baño cada vez más confiada, mientras que Isabel dejaba volar su imaginación a la vez que ponía a punto la cafetera. Vio en su mente cómo ella se quitaba el vestido negro ajustado que le había llamado tanto la atención; desde luego aquella muchacha tenía buen gusto para la moda. Imaginó su cuerpo desnudo, su piel de porcelana, suave y tersa; sus curvas sinuosas; sus pechos generosos, más de lo que  jamás habían sido los suyos. Desde luego, era un cuerpo digno de envidiar, de odiar, de amar... Seguro que aquella hermosa joven tenía un novio o, al menos, alguien que la amara, que suspirase por ella, que fuera capaz de morir por ella. 
Isabel nunca fue amada por nadie. Había conocido a infinidad de hombres, pero ninguno se había quedado a su lado, algo que siempre había consolado mirándose al espejo y diciendo para sí: "soy la más bella", igual que si fuera la madrastra de Blancanieves. Ahora ya no podía hacer eso. Ya no sería bella nunca más.

Dos lágrimas resbalaron por sus ojos. "Ojalá pudiese tomar la belleza de esa chica", pensó. Y, súbitamente, las lágrimas dejaron de brotar. Había tomado una decisión, tal vez la decisión más importante de su vida.

La joven metió un pie en la bañera. El agua estaba casi ardiendo, justo como a ella le gustaba, y tenía tantas ganas de entrar en calor...
En ese momento se abrió la puerta del baño, y antes de que a la chica le diese tiempo de pestañear, la sangre ya se derramaba por su cuello y se vertía en el jacuzzi, medio lleno de agua. Isabel cerró el grifo; ella llenaría su bañera de un líquido más preciado. Cortó las muñecas y las ingles de la muchacha moribunda, buscando sacar de ella la mayor cantidad de sangre posible antes de que muriese, lo cual no tardó en suceder.
Isabel miró a la chica, ni siquiera sabía su nombre. Era su antagonista, su némesis, pero también era un reflejo de ella misma, un reflejo de lo que había sido antaño. 
Con curioso placer lamió la sangre del cadáver. Le supo exquisita, ferrosa, suave, chispeante...
Se quitó las ropas ensangrentadas y se metió en la bañera. Estaba tibia. El agua diluía la sangre, pero el aroma se mantenía, y sus propiedades también. Vio cómo rejuvenecía hasta límites insospechados. Vio aparecer su antigua belleza reflejada en el espejo del baño, que comenzaba a empañarse.  Se sintió más feliz y completa de lo que lo había sido en toda su vida. No le importaba haber matado a una joven inocente, tampoco le importaba el precio legal que tuviera que pagar por ese crimen. Ahora sólo podía pensar en el excepcional momento que estaba viviendo. Así que apretó el botón de las burbujas y se recostó en la bañera.

Nota: En honor y en memoria de la condesa Erzsébeth Báthory-Nadasdy de Ecsed, mi vampiresa favorita.
Felíz Halloween

sábado, 29 de octubre de 2011

Non finito

Se trataba de darle un final apropiado a la historia.
No tenía por qué ser un final feliz, sólo debía ser bello, de esos de los que puedes sacar una moraleja importante. Pero la historia que había escrito era tan mala que no admitía grandes finales, sólo aquellos ya usados hasta la saciedad. Un "jamás te olvidaré" se mezclaba con un "sal de mi vida". Luego llegaba el "todo volverá a ser como antes" que ni el narrador en tercera persona creía. 
Y mi pluma se rompía cada vez que intentaba escribir alguno mejor. 
Y la chica con el corazón helado sigue esperando en mitad de la calle a que alguien decida su suerte.
Y al cuento "non finito" le sigue faltando una frase.

domingo, 16 de octubre de 2011

La Europa de la mujer

Nota: ¿Qué hacer cuando atraviesas una crisis de pluma, cuando nada de lo que escribes te parece aceptable? Supongo que lo mejor es ponerse a leer cuanto antes. Éste es un fragmento de una obra que me impactó mucho y que hace poco me vino a la cabeza otra vez. ¡Ah! Y un poco de música para acompañar: Una furtiva lágrima- Donizetti




Yo soy Ofelia.
La que el río no retuvo.
La mujer colgando de la soga
La mujer de las venas cortadas.
La mujer de la sobredosis NIEVE SOBRE SUS LABIOS.
La mujer de la cabeza en el horno de gas.
Ayer dejé de matarme. Estoy sola con mis pechos, mis muslos, mi vientre. Rompo los instrumentos de mi encarcelación, la silla, la mesa, la cama.
Destruyo el campo de batalla que fue mi hogar. Abro de golpe las puertas, para que el viento pueda pasar, ¡y el grito del mundo!
 Destrozo la ventana. Con mis manos sangrantes rasgo las fotografías de los hombres que amé y que me usaron sobre la cama, sobre la mesa, sobre la silla, sobre el suelo.
Yo prendo fuego a mi prisión.
Yo arrojo mis vestidos al fuego.
Yo destierro de mi pecho al reloj que fue mi corazón.
Salgo a la calle vestida con mi propia sangre.


sábado, 1 de octubre de 2011

Hace mucho que no me atrevo a escribir un poema

Salir, correr, enfilar una calle detrás de otra, 
sin parada, sin descanso, sin mirar atrás.
Huir, perderse, caminar en círculos,
volver al principio, empezar otra vez.
Romper las cadenas, sentir el viento en la cara,
respirar la libertad, efímera, ficticia, ansiada.
Marchar, lejos, sin rumbo, sin norte,
sin meta, sin motivos, sin vida, sin nada.
Dolor, cansancio, la libertad es cara; 
el viaje, largo; 
las certezas, tan sólo una:
la de no volver jamás.

Sandy

http://www.youtube.com/watch?v=RMB3M43AEpc

viernes, 23 de septiembre de 2011

La Reina Negra: Historia de un final no pactado

Nota: Ésta es una de las cosas que nunca debí publicar, pero dadas las circunstancias me ha parecido oportuno hacerlo. Sandy.

  La chica estaba encerrada en su casa. Llevaba todo el día enganchada al ordenador intentando escribir algo de provecho, algo que la ayudara a desahogar sus penas y sus miedos a través de aquella tinta digital. No obstante, se distraía demasiado; cierto perfil de una red social ocupaba la mayor parte de su atención, algo que ya empezaba a resultarle tedioso. No podía evitarlo, pero quería hacerlo, tenía que hacerlo. Estaba atrapada. Se ahogaba. Sabía que sus esperanzas se desvanecían a cada minuto que pasaba. Su situación era, cuanto menos, insostenible.
  Finalmente colocó las manos sobre el teclado y empezó a escribir.

  La dama esperaba junto a la torre con la misiva en la mano. Traía sólo una breve nota: "La Reina Blanca ha caído". No sabía muy bien cómo se sentía: feliz por un lado, temerosa por otro...El corazón se agitaba en el interior de su pecho. Se avecinaban cambios.
  El Rey se mostró frío aquella noche. Quería aparentar fuerza, determinación y casi lo conseguía; sólo sus ojos profundos, oscuros como una cueva, velados por las lágrimas retenidas, revelaban que en el fondo algo no iba del todo bien.
  Los días pasaban despacio y la dama empezaba a sentirse incómoda, como si realmente nunca hubiese debido estar ahí, como si no encajase. Cada vez tenía más miedo a perderlo todo, y eso la llevó a querer controlar hasta las cosas mas nimias, a cometer innumerables estupideces, a acelerar vertiginosamente su caída. Llegó a estorbar tanto, que decidieron quitarla de en medio. La dama iba a morir.

  La joven levantó las manos del teclado. Era consciente de que había exagerado un poco las cosas. Su actual situación no era causa de una conspiración premeditada, ni del odio o la traición de aquel al que entregó su corazón meses atrás. No; era más bien el resultado de una serie de circunstancias desfavorables que le hacían perder el control y la desestabilizaban emocionalmente. Cuando estaba con él, aunque sólo fuese hablando, era “la más feliz”. Cuando algo no iba bien era completamente desgraciada. Dependía mucho de aquella persona, y eso, en el fondo, no le gustaba ni un pelo. Cada vez eran menos esos momentos egocéntricos en los que sus pensamientos le pertenecían sólo a ella, por eso cada vez los apreciaba más. Agradecía esa tranquilidad, esos paseos por el parque, esas tardes de tiendas, esas horas de lectura, esas pequeñas dosis de soledad absoluta...

  Encerrada entre torres blancas la dama pasaba sus últimos días con la única compañía de unas cuantas mujeres a su servicio. Se sentía más sola que nunca, abandonada, repudiada, olvidada...Su estado de humor era una veleta; tan pronto se reía de su desgracia como empezaba a llorar desconsoladamente. Aún así finalmente había encontrado las fuerzas para no desmoronarse y aguantar hasta el final con el orgullo altivo que siempre la caracterizó.
  De vez en cuando hacía un repaso de su historia, de cómo había llegado hasta allí. Su vida había sido como una partida de ajedrez en la que ella empezó siendo un pequeño e insignificante peón; pero muchas cosas habían pasado desde entonces en aquel tablero, y la pieza que ahora movía y que estaban a punto de comer era una flamante dama.
  Alguien interrumpió sus elucubraciones: tenía visita.
  Era un viejo amigo, compañero en aquella partida que aún se libraba: un alfil, su confidente. En cuanto entró por la puerta de la habitación su semblante se congeló en una mueca de asombro y compasión; el estado de su amiga no era precisamente el mejor que había visto.
- Nunca creí que te vería así.
- Ya ves...todo esto, al final, ha podido conmigo.
- Fuiste demasiado lejos. Eres demasiado ambiciosa, nunca te dabas por satisfecha.
- Ya...
- Nadie te considera una verdadera dama. Nunca fuiste nada más que un peón que por una extraña circunstancia llegó a la octava casilla.
- ¿Y eso no es “hacer dama”?
- Eso es jugar con fuego, y tú te has quemado. Ascendiste rápidamente en un tiempo de malestar e inseguridad, pero nunca llegaste a ser imprescindible. Hay muchas damas en este tablero y muchos peones esperando a serlo. Ahora todo ha cambiado. Puede que no merezcas tu destino, pero lo que sí es verdad es que tu tiempo se ha agotado.
- Lo acepto. Sí, he ambicionado lo que no era mío y muchas veces actué sólo pensando en mi propio beneficio. Lo reconozco, me pasé de la raya. Pero ahora es tarde para echarse atrás. Ahora sólo puedo tratar de irme con dignidad, como una auténtica Reina. Si nunca lo fui mientras estuve ahí, conseguiré serlo al marcharme.

  Ahí estaba el meollo del asunto. Había perdido su partida o más bien, la habían eliminado del tablero. Las piezas seguirían moviéndose sin ella. Echaría de menos todo aquello, sí, pero ese ambiente de angustia malsana en el que vivía no era bueno para ella. Tenía que resignarse, afrontar el final. No mantendría viva la llama de aquello que los destruía, pero tampoco dejaría que la apagase él. Ella misma ahogaría sus más profundos y desesperados deseos en el olvido.
  Llegaban tiempos de cambio, de decir adiós a muchas cosas y lo haría, no como peón, sino como Dama.

Censura

“Ya está”, me dije mientras ponía punto final al texto. Lo releí un par de veces y cambié unas cuantas cosas hasta que estuvo todo a mi gusto. Lo guardé junto con las demás, todas esas historias, reflexiones y demás locuras que cruzaban mi mente y que yo decidí poner por escrito. De un tiempo a esta parte cada vez eran más. Definitivamente, no hay etapa más prolífica para una aprendiz de escritora que cuando está enamorada.

Abrí una pestaña en internet con intención de publicarlo lo antes posible, pero antes de que diese el salto a las pantallas ajenas lo volví a leer una vez más...y cerré la página casi al instante. No podía publicar eso. Aunque sólo tres o cuatro personas leían mi blog habitualmente, había una, al menos, que no podía, o no debía leerlo, o que en el fondo, yo no quería que lo hiciera; era algo personal.

Ese relato no iba a ver la luz, al menos por el momento. Quedaría guardado a buen recaudo en el fondo de unos polvorientos archivos en algún recóndito lugar del disco duro de mi portátil, al igual que muchas otras historias que aún no me atrevo a contar. Mientras tanto publicaré sólo cosas inocuas, banales; aunque seguiré, como quién dice, fabricando mis bombas atómicas en secreto, bombas que algún día pienso soltar, pero para entonces estarán ya caducadas. Serán como cartas a título póstumo: bonitas, sentimentales, pero vacías.